Esta obra de Hiroyuki-Mitsume Takahashi representa a une personaje no binario. Teniendo presente la perspectiva de la creadora, no puede categorizarse ni como femenino ni como masculino cisgénero, a pesar de que su apariencia entronca más con la feminidad tradicional, tanto por la vestimenta como por la sutil sexuación. En el mundo creativo de Mitsume, estes protagonistas encarnan la idea de nuevos seres que surgirán en el futuro, con los avances evolutivos y especialmente, científicos y tecnológicos; no pertenecen a la humanidad, pero la acompañan. La artista plantea que estas entidades fusionan rasgos orgánicos-humanos con otros inorgánicos, provenientes del mundo cibernético. Así, Mitsume concibe entes cíborg, conectando ciencia ficción y transhumanismo.
A pesar de no tener un género ni sexo determinados, la autora asegura que el aspecto físico más cercano a lo femenino canónico se debe a varias cuestiones. La primera tiene que ver con Japón. Allí resulta capital la presencia de la figura de la diosa —Izanami, Amaterasu— a través de la religión primigenia del país, el sintoísmo, por lo que es fácil comprender la importancia de esta cuestión en el trabajo de Mitsume. Esto refuerza su particular manera de plasmar a estas criaturas del futuro, que, aunque no son binarias, están representadas bajo la óptica del estereotipo arraigado de la ginoide —el personaje de María, negativo, en Metrópolis, de Fritz Lang, 1927—. Además, esto enlaza con el asunto de la feminización general de los sistemas tecnológicos que, sin lugar a duda, proviene del machismo imperante. Basta recordar cómo se asigna apariencia, voz, nombres, etc. de corte femenino tradicional a recursos tecnológicos, por ejemplo, inteligencias artificiales o asistentes virtuales de voz, de modo predeterminado. Sin embargo, no puede olvidarse que las máquinas no están vivas, no poseen, entonces, género ni sexo alguno, independientemente de su configuración superficial. Mitsume recuerda esto, lo crítica, pero asimismo explora su valor artístico, haciendo hincapié en los aspectos formales que hacen de la imagen bella, con sus discordancias grotescas.
En otro orden de ideas, sus protagonistas mantienen una estética marcadamente anime, y lo cíborg alude igualmente al subgénero japonés de ciencia ficción denominado mecha, liderado por enormes robots humanoides. Por tanto, Mitsume integra dos elementos, incidiendo en el anime, muy presentes en su cultura. Le protagonista de esta pieza artística, ausente de un fondo compositivo que pueda enmarcarle, exhibe la belleza típica del anime, basada en rasgos faciales suaves y normalmente juveniles, habitual piel pálida, color de pelo y ojos antinaturales —en estos dos últimos casos remitiendo al carácter artificial de la entidad— y cuerpo delgado y de complexión atlética, idealizado, en definitiva. Muestra un atuendo en la parte superior del cuerpo que se asemeja a un kimono, rememorando de nuevo la tradición nipona, el cual contrasta con los pantalones cortos en forma de globo, pertenecientes a la moda internacional-occidental. En el tratamiento de estas cuestiones, el arte de Mitsume está próximo al movimiento Superflat, mezclando cultura pop y otaku, costumbres japonesas junto a la occidentalización del país y la pintura Nihonga, que es particularmente importante para nuestra artista. Este estilo se contrapone al vinculado con la pintura occidental, llamado Yōga, dotando de originalidad sincrética a la producción de la artista.
Imagen cortesía de la artista.
